martes, 28 de octubre de 2014

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Desear y no obtener es la fuente del sufrir

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Desear y no obtener es la fuente del sufrir
El presente artículo es un compendio de fragmentos del libro: El camino de las lágrimas de Jorge Bucay. Ed. Océano.

Es horrible admitir que cada pérdida conlleva una ganancia. Y, sin embargo, no hay pérdida que no implique una ganancia. No hay pérdida que no provoque necesariamente un crecimiento personal.
Comenzar de nuevo, dejar atrás, aprender otras formas de vivir sin depender de la mirada de alguien, caminar sin bastones, son las cosas que han hecho de nosotros, los adultos, las personas que finalmente somos. Porque somos, en gran medida el resultado de nuestro crecimiento y de nuestro desarrollo y tanto uno como otro dependen de la manera en que hayamos podido o no enfrentar nuestras pérdidas.
En el duelo siempre hay algo a lo que no hubiera querido renunciar, algo que no hubiera deseado perder.
La palabra pérdida, etimológicamente, viene de la unión del prefijo per (al extremo
superlativamente) y de der (que es antecesor de dar). La pérdida nos habla de la imposición que la vida me hace obligándome a conceder mucho más de lo que estaría dispuesto a dar.

En el fondo yo, tú y todos pretendemos nunca desprendernos totalmente de nada. Quizá la vivencia de lo perdido es nuestra respuesta a la idea del “ya no más”. Un “ya no más” impuesto que no depende de mi decisión ni de mi capacidad. Una especie de renuncia forzada a algo que hubiera preferido seguir teniendo.
Los duelos son experiencias imprescindibles y parte de nuestro crecimiento. Todos los terapeutas del mundo estamos de acuerdo en que la posibilidad de encontrar una forma de expresión de las vivencias internas ayudará  a aliviar el dolor.
Conectarse quiere decir estar en sintonía con lo que está pasando, es decir, establecer una relación entre lo que hago, lo que siento, lo que percibo y el estímulo original. Pasado ese momento, la conexión, en el mejor de los casos se agota, se termina y pierde vigencia para permitirme volver al estado de reposo.
Cada pérdida, por pequeña que sea, implica la necesidad de hacer una elaboración. Elaborar un duelo es abandonar los espacios que nos suenan más seguros, más protegidos y aunque sea, más previsibles. Consiste en dejarlo para ir a lo diferente. Pasar de lo conocido a lo desconocido. Esto, irremediablemente nos obliga a crecer.
A veces, no soltar es la muerte. A veces la vida está relacionada con soltar lo que alguna vez nos salvó. Soltar las cosas a las cuales nos aferramos intensamente creyendo que tenerlas es lo que nos va a seguir salvando de la caída. Todos tenemos una tendencia a aferrarnos a las ideas, a las personas y a las vivencias. Y aunque intuitivamente nos damos cuenta de que aferrarnos a esto significará la muerte, seguimos anclados a lo que ya no sirve, a lo que ya no está; temblando por nuestras fantaseadas consecuencias de soltarlo.
Es preciso aprender a enfrentarse con las pérdidas desde un lugar diferente, desde la posibilidad de valorar el recorrido a la luz de lo que sigue, y lo que sigue es el encuentro con uno yo mismo enriquecido por aquello que hoy ya no tengo, que pasó por mí, pero también por la experiencia vivida en el proceso. Esto es difícil de aceptar.
Estoy hablando de un beneficio secundario que se cosecha como consecuencia del indeseable momento del duelo y no de lo beneficioso de pasar por la situación de la muerte de un ser querido.
¿Por qué sufrimos? Sufrimos cuando nos damos cuenta de que no tenemos algo deseado, o cuando nos enteramos de alguna pérdida, cuando lo obtenido está demasiado distante de lo esperado y cuando creemos que para algunas cosas ya es tarde.

El sufrimiento, sentenciaba Buda, es universal porque tiene una sola raíz y esta raíz, decía el maestro, es el deseo.
Deseo, apego, anhelos y expectativas; he aquí las raíces de nuestros sufrimientos. Y si allí se originan, sigue Buda, el sufrimiento se puede evitar, el dolor tiene solución. La solución es dejar de desear. Aceptar. Soltar. Cancelar la imperiosa urgencia de que las cosas sean diferentes de lo que son.
Identificamos nuestro ser felices con nuestro confort, con el éxito, con la gloria, con el
poder, con el aplauso, con el dinero, con el gozo, con el placer instantáneo; y no parecemos estar ni un poquito dispuestos a renunciar a algo de eso. Ni siquiera a cambio de ser felices. Nadie nos puede hacer creer que dejaríamos de sufrir si diéramos el gran paso de dejar de anhelar.
Somos como el alpinista aferrados a la búsqueda de cosas materiales como si fueran la soga que nos va a salvar. No nos animamos a soltar este pensamiento porque pensamos que sin posesiones lo que sigue es el cadalso, la muerte, la desaparición. Sabemos que lo conocido nos ocasiona sufrimiento, pero no estamos dispuestos a renunciar a ello.
Para nosotros los occidentales, nos es imposible dejar de desear; es decir, no dejamos de fabricar deseos. Ninguno de nosotros puede ni podrá jamás tener todo lo que desea. Desear y no obtener es la fuente del sufrir. La llave podría buscarse por el camino de aprender a entrar y salir del deseo.
Si yo pudiera descubrir mi posibilidad de disfrutar en cualquiera de estas situaciones, si yo puedo imaginar algún grado de alegría en cada una de estas posibilidades, entonces no habría ningún sufrimiento esperándome. Si yo fijo gran parte de mis ilusiones y expectativas, si yo decido que lo único que me puede hacer feliz en este momento es disfrutarlo tal cual es, entonces se termina “el momento de las vocales quejosas” como por ejemplo: Aaaah…. Qué gran defraudación. Ooooh…… qué terrible pérdida. Eeeeeh…es que yo siempre había tenido auto. Uuuuuh….Yo no voy a soportar la ausencia de esta persona que me hacía la vida divertida o más fácil.
Si pudiéramos burlarnos de nuestras miserias lo llamaríamos “el momento del sufrimiento garantizado”, porque lo que me hace sufrir es mi apego, es mi manera de relacionarme con mis deseos. El problema no es saber entrar y salir de las situaciones, sino no poder aceptar la conexión y la desconexión con las cosas.

No haber aprendido que el obtener y el perder son parte de la dinámica normal de la vida considerada feliz es un vivir sufriendo. Muerte, cambio, pérdida y vida plena están íntimamente relacionados desde el comienzo de los tiempos, como lo demuestran los estudios de la antropología, la historia de los pueblos primitivos y la psicología.

Vivir esos cambios es animarnos y permitir que las cosas dejen de ser para que den lugar a otras nuevas cosas. Elaborar el duelo es soltar todo. Es cuando temo a las cosas que vienen, cuando me agarro a las cosas que hay. Me quedo centrado en las cosas que tengo porque no me animo a vivir lo que sigue. Me convenzo de que no voy a soportar el dolor que esto significa, para justificar mi manera de aferrarme a todo lo anterior.
Las personas pueden decir: pero cuando uno pierde cosas que quiere, siente que le duele y a veces sufre mucho por lo que no está. Sí, y el tema está en ver qué hacemos para quedarnos sólo con el dolor pero renunciando al sufrimiento. Hay miles de cosas que te invitan a recorrer el camino de las lágrimas porque además de las personas que uno pierde hay situaciones que se transforman, hay vínculos que cambian, hay etapas de la propia vida que quedan atrás, hay momento de la vida que se terminan y cada una de estas cosas representa una pérdida para elaborar. Si me doy cuenta de que TODO de alguna manera va a pasar, concluiré asumiendo que es MI responsabilidad enriquecerme al despedirlas.
Cuanto mayor sea el apego que siento a lo que estoy dejando atrás, mayor será el daño que se produzca a la hora de la separación, a la hora de la pérdida, a la hora de vivir el duelo. No es imprescindible que sea así, pero en general sucede que cuanto más quiero a alguien, más tiendo a apegarme y éste será entonces,  el principio de verdad sobre el que se construye aquella idea de que el que ama se arriesga a sufrir y la horrible conclusión (además engañosa y falsa) de que “si uno no ama no sufre”.
En relación con el dolor, el amor es más que un riesgo, es casi una garantía; porque en cada relación amorosa comprometida es más que probable que haya aunque sea un poquito de dolor, aunque no sea más que el dolor de descubrir nuestras diferencias y de enfrentar nuestros desacuerdos. Porque el dolor a veces, es cierto, acompaña al que sufre y ocupa el lugar que antes habitaba la persona que se fue. El dolor siempre está listo para llenar los vacíos, todos los espacios. Y  es necesario entender que si bien esta sensación de estar acompañado por el dolor no es agradable, por lo menos no es tan amenazante como parece el vacío.
Una parte del proceso de aceptación y elaboración consiste en la ardua tarea de descubrir y dejar vivir adentro mío las cosas que otro dejó. Puede ser que esté aquí físicamente a nuestro lado, tiene su misma cara, su mismo nombre pero no la misma expresión, quizá conserve la misma voz pero ya no dice las mismas palabras y hasta quizá sean las mismas palabras pero ya no significan lo mismo. No está más allí afuera… Pero sí puedo darme cuenta de que lo que dejó en mí, está dentro de mí.

Hace falta entrenarse una nueva vida cada mañana si es que uno decide soportar la pérdida de la propia vida diferente que terminó ayer. Vivir vale la pena.
El Dios en quien yo creo no nos manda el problema, sino la fuerza para sobrellevarlo” Harold S. Kushner